
“Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes.” Rita Mae Brown
Si no es a través de la fuerza, no hay manera de salir del chavismo. Antes de abordar el panorama actual, es fundamental dar un vistazo al pasado:
– Protestas masivas y renuncia del presidente: desorden del hilo constitucional por juramentación indebida (Carmonazo) y vuelta al poder de Chávez (los militares todavía no estaban tan adoctrinados ni metidos en negocios turbios).
– Referéndum revocatorio de 2004: fracasó, pero hay evidencia de que fue un fraude (no tan fácil de probar).
– Abstención de 2005: se demostró que apenas un 20% del electorado era chavista, pero no funcionó de nada porque Chávez tuvo más poder al controlar sin problema alguno la Asamblea.
– Reforma constitucional de 2007: primer triunfo de la oposición.
– Reforma constitucional de 2009: se evidenció que esto era un país sin estado de derecho, ya que se repitió el proceso para que Chávez obtuviera su reforma, y ahora la reelección para el periodo presidencial era infinita.
– Asamblea con más oposición en 2010: funcionó a medias, con un poco más de debate a pesar de que el PSUV era mayoría.
– Elecciones de 2012: Chávez gana, pero fallece.
– 2013: Chávez, al no jurar, dejó un vacío constitucional y hubo violación de ley porque no se juramentó, además de denuncias de periodistas por presunta evidencia de que Maduro es colombiano.
– Elecciones donde Henrique Capriles denuncia fraude: aunque muchas actas indican que ganó Maduro.
– 2014: protestas en el país por la situación no llegaron a nada. Leopoldo López se entregó a las autoridades y tampoco se logró nada.
– 2015: segunda victoria de la oposición. Mayoría en la Asamblea Nacional.
– 2016: fracaso de la oposición al intentar un referéndum revocatorio, ya que prometieron una salida constitucional, democrática y pacífica.
– 2017: plantones, manifestaciones y protestas, con más de 130 personas asesinadas. Tampoco ocurrió nada.
– 2018: abstención nuevamente, pero esta vez la oposición contaba con un plan. Maduro es reelegido en unas elecciones que no fueron reconocidas por nadie del mundo democrático.
– 2019: ante el vacío de poder por la nulidad de Maduro, Guaidó se proclama presidente encargado (Edmundo ni siquiera se ha juramentado ni en el exilio). Con esto, obtiene el reconocimiento de más de 60 países, acceso a dinero de las cuentas en el extranjero del Estado y diversas reuniones con mandatarios. Se dice que EE.UU. consideró intervenir en Venezuela, pero el 30 de abril, el día en que Guaidó llamó a la rebelión militar, fracasó el intento debido a razones logísticas. Fue la vez más cercana en que el gobierno pudo caer.
– 2020: la Asamblea Nacional está en su último periodo y altamente devaluada. Maduro se sostiene en el poder y la pandemia paraliza muchas acciones opositoras. En diciembre, el PSUV gana la asamblea ante las abstenciones de la oposición y la intervención del TSJ con los partidos políticos opositores.
– 2021-2023: tiempos de apatía política y “liberación” de la economía. Estabilidad de un dólar en 5 bolívares digitales.
– 2023: María Corina, el lado más radical de la oposición que afirmaba que el gobierno caería con acciones militares, vuelve al escenario político al postularse para la presidencia en 2024.
– 2024: como María Corina está inhabilitada según el TSJ, Edmundo González Urrutia es designado candidato. El CNE anuncia que ganó Maduro, pero la oposición presentó actas del CNE que respaldan que González es el verdadero ganador con más de 7 millones de votos y el 85% de las mismas.
– 2025: el CNE nunca publicó los resultados mesa por mesa, alegando un hackeo, y Maduro se reeligió. La Fuerza Armada, hasta los momentos, leal al oficialismo.
El panorama actual indica claramente que todas las opciones constitucionales, pacíficas y democráticas han fracasado. La única salida viable parece ser la fuerza. Tomando en consideración esa propuesta (que a día de hoy parece imposible) es más probable que se produzca una intervención de grupos paramilitares extranjeros, como los asociados a Erik Prince, en colaboración con organizaciones venezolanos como el Tren de Aragua y el Tren del Llano, antes que una intervención de la ONU o, en última instancia, de Estados Unidos.
La pregunta fundamental que emerge tras dos décadas de intentos fallidos por un cambio político en Venezuela es: ¿A quién beneficia realmente la permanencia del sistema actual? La respuesta revela una compleja red de intereses que trasciende la simple dicotomía gobierno-oposición.
La oposición venezolana, calificada como «falsaria y prostibularia» por el periodista Daniel Lara Farías y demás analistas políticos, ha demostrado una desconexión significativa con las necesidades reales del pueblo. Esta caracterización no es gratuita: surge de un patrón consistente de acciones que sugieren una complicidad tácita con el sistema que supuestamente combaten.
Figuras prominentes como Ramos Allup, Antonio Ledezma y/o Leopoldo López han sido vinculadas con esquemas controversiales como el escándalo PDVSA-Cripto, evidenciando que sus intereses podrían estar más alineados con beneficios económicos personales que con un verdadero cambio sistémico. Esta dualidad moral se extiende a sus relaciones con sectores del chavismo, donde las negociaciones tras bambalinas contradicen su retórica pública de confrontación.
El viraje económico del gobierno de Maduro desde 2019 ha creado un nuevo ecosistema de oportunidades para ciertos sectores empresariales. La Bolsa de Valores de Caracas, liderada por Horacio Velutini, ha mostrado un notable crecimiento, ofreciendo retornos de capital excepcionalmente altos en comparación con otros mercados latinoamericanos. Sin embargo, Velutini evita comentar sobre política, prefiriendo no expresarse abiertamente, aunque no duda en reunirse con figuras como Delcy Rodríguez. Este comportamiento no es exclusivo de él; otros empresarios cercanos a Fedecámaras y del sector agroindustrial comparten una postura similar.
Al final, su prioridad es proteger sus intereses, planteando la cuestión de si sus acciones son éticamente justificables. Este «milagro económico» en medio de una crisis humanitaria profunda ilustra la paradoja venezolana: mientras la mayoría sufre, una élite empresarial prospera.
El sector agroindustrial y retail también ha encontrado formas de beneficiarse del nuevo paradigma económico. La apertura controlada ha permitido que empresas como Ron Santa Teresa establezcan alianzas internacionales exitosas, mientras que cadenas de supermercados como Río expanden sus operaciones. La Asociación Nacional de Supermercados reportó 123 nuevas aperturas entre 2021 y 2022, evidenciando que ciertos sectores encuentran oportunidades de crecimiento incluso en medio de la crisis.
El empresariado venezolano mantiene una relación histórica de dependencia con la renta petrolera, reminiscente de los tiempos de RECADI y CADIVI. En 2025, las oportunidades de enriquecimiento a través del control cambiario persisten, aunque bajo nuevas modalidades. Un empresario con conexiones políticas puede comprar dólares a tasas preferenciales y venderlos en el mercado paralelo, generando márgenes de ganancia significativos mientras mantiene operaciones aparentemente legítimas.
La deuda internacional emerge como otro factor crucial. El economista Andrés Guevara señalaba antes de las elecciones del 28 de julio que existían rumores sobre la disposición del gobierno de Maduro para ofrecer términos más favorables a los acreedores internacionales en comparación con potenciales negociaciones bajo un gobierno opositor. Este «lobby económico» por la continuidad de Maduro hasta 2031 sugiere que poderosos intereses financieros prefieren mantener el status quo.
La transformación socioeconómica desde 2019 ha creado una nueva dinámica de clase. La clase media ha experimentado una “relativa” mejora en comparación con el período 2013-2018, lo que ha modificado los incentivos para la protesta social. Mientras que en 2017 los jóvenes de clase media lideraban las manifestaciones, en 2024 son los sectores populares quienes mantienen mayor presión en las calles, evidenciando un cambio en la estructura de los movimientos de protesta.
El panorama internacional complica aún más la situación. Venezuela se ha convertido en un tablero geopolítico donde múltiples actores extranjeros persiguen sus intereses. Cuba mantiene una influencia significativa en el modelo político, mientras que Rusia, a través del Grupo Wagner, China con sus inversiones en el arco minero, y organizaciones como Hezbollah establecen presencia en el territorio nacional. Estados Unidos y la Unión Europea, por su parte, priorizan el acceso a los recursos petroleros por encima de consideraciones democráticas, por más de que expresen todo lo contrario a la opinión pública.
La industria de la «esperanza venezolana» se ha convertido en sí misma en un negocio lucrativo. ONG’s, influencers desde el exilio, y políticos internacionales capitalizan la crisis para obtener atención y recursos, creando una economía paralela basada en la perpetuación del conflicto.
Este sistema multifacético de intereses explica por qué el ciclo de protestas-diálogo-elecciones-fraude, descrito por Lara Farías, continúa repitiéndose. Cada actor encuentra su nicho de beneficio dentro del caos aparente, convirtiendo a Venezuela en lo que algunos han descrito como un «paraíso» para diversos negocios ilícitos y transacciones opacas.
La frase «Aquí no hay ninguna dictadura, aquí lo que hay es un negocio» de la película “Simón” resume perfectamente la situación: Venezuela se ha convertido en un espacio donde múltiples actores, nacionales e internacionales, encuentran formas de beneficiarse de la crisis, mientras que la población general continúa sufriendo las consecuencias de un sistema diseñado no para gobernar, sino para extraer beneficios de su propia disfuncionalidad.
Extracto del libro “Una mesa de tres patas” de Daniel Lara Farías
1. Se cierran las puertas a salidas democráticas. Se exige la salida desde la calle con protestas. Represión, presos, muertos, exiliados.
2. El régimen llama al diálogo. La oposición acude porque hay que soltar a los presos y «lograr condiciones electorales».
3. Sueltan a algunos presos. Poco a poco. A los pocos que liberan se les obliga a firmar compromisos. A la mayoría se les mantiene atados, sin libertad plena, siempre bajo riesgo de regresar a la cárcel. A los muertos, obviamente, solo los llora su familia.
4. No dan condiciones electorales, más allá de algunas concesiones ridículas y a conveniencia: determinados cambios de forma, pero nunca de fondo. Se mantienen inhabilitaciones, el voto automatizado, el Plan República en manos de los militares y el hermetismo en el manejo de la trasmisión de datos y un árbitro electoral en manos del chavismo, con algún opositor conveniente de adorno. La oposición acepta participar porque «hay que cuidar los espacios» y «si votamos unidos, ganaremos».
5. La oposición participa de nuevo en elecciones, pierde de forma fraudulenta. Reclaman el fraude.
Se van a la calle. Represión, muertos, presos, exiliados.
6. Vuelta al paso 2.
Sí, es duro reconocerlo. Pero eso es. Eso fue en el 2004, 2008, 2010, 2012, 2013, 2015, 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2023, 2024…